“Pagamos un precio de mil años de cárcel, pero conseguimos que casi nadie quisiera hacer la mili”

Publicado en Saltamos el 07/02/2017 Texto: Ter García / Foto y vídeo: Álvaro Minguito

Los tres años y dos meses que Pepe Beunza pasó en la cárcel fueron el punto de inicio de una de las campañas de desobediencia civil más exitosas del Estado español: la objeción de conciencia e insumisión al servicio militar obligatorio. Era 1971. Treinta años después, el Gobierno español daba por fin su brazo a torcer eliminando la mili. Hablamos con Pepe Beunza.

¿Cómo empezaste a interesarte por la no violencia y por la objeción de conciencia?

Yo vivía en Valencia y estudiaba ingeniería agrícola. Siempre me había gustado la naturaleza, había sido boy scout y había ido mucho por la montaña. También era una persona inquieta por los problemas sociales. Tenía una formación cristiana, mi familia era católica y había ido a un colegio religioso. Y aunque me habían enseñado cosas que eran muy negativas, había aprendido que la vida, si no te dedicabas un poco a ayudar a los demás, no tenía sentido. A los 18 años estuve de voluntario en una leprosería, también participé en campañas de alfabetización en los suburbios de Valencia.

Tenía una cierta tendencia a preocuparme por los problemas de los demás y al entrar en la universidad en 1965-1966 –cuando empezaba a haber un movimiento fuerte contra el sindicato fascista, contra el franquismo y a favor de la democracia y la libertad– empecé a interesarme por estos temas y a ir a las asambleas. Poco a poco me fui politizando, fui a manifestaciones, la policía me pegó, participé en algunas encerronas y, más o menos, me incorporé a lo que sería la lucha por la democracia.

Entonces, un verano un amigo mío me cuenta que había ido a Francia a una comunidad pacifista que se llamaba El Arca que había fundado Lanza del Vasto y me dije que eso también lo tenía que ver yo.

Íbamos contra corriente, pero también presentamos una forma de lucha que abría otro camino

El verano siguiente cogí la mochila y me fui a esta comunidad en autostop, que era como viajábamos porque no teníamos mucho dinero. Lanza del Vasto era un personaje con muchas facetas, muy culto, que había estado en la India y había vivido con Gandhi, quien le había encargado que predicara y difundiera la no violencia en Europa.

1970. Utrech. Viaje a holanda preparando la campaña de apoyo internacional.

1970. Utrech. Viaje a Holanda preparando la campaña de apoyo internacional. Archivo Pepe Beunza.

Yo llegué a esta comunidad, en la que practicaban la agricultura ecológica –de la que no había oído hablar nunca–, hacían yoga, eran vegetarianos…  Eran sesiones que duraban una semana. Dormíamos en un pajar y comíamos comida vegetariana. Eran condiciones muy austeras, pero con un ambiente muy agradable y acogedor. Para mí en aquella época éstas eran unas ideas que me eran totalmente nuevas, aquí nadie sabía lo que eran y para mi fue una revelación. Practicaban la no violencia y hacían objeción de conciencia.

Tenía 19 o 20 años y había vivido con el pensamiento único de la dictadura franquista, con mucha inquietud pero sin la posibilidad de aprender más cosas, y llegar a Francia fue una explosión. Y de todas aquellas ideas, la que más me implicaba era la objeción de conciencia porque, claro, yo tenía que hacer la mili. Me dijeron que fuera a ver a unos objetores que había en los Pirineos franceses. Fui a verles y me encontré con unos jóvenes que, en vez de hacer la mili, se dedican a ayudar a la gente: en las cosechas, a hacer instancias, les acompañaban al médico… Hacían lo que llamaríamos animación rural. A mi me pareció algo fantástico.

Cuando volví a Valencia empecé a explicar estas ideas y un grupo de amigos empezamos a trabajar, pero nos encontramos un ambiente en el que la izquierda era militarista: los del PCE tenían exaltación por el ejército rojo de Moscú, decían que había que ir a la mili para evitar que hubiera un golpe de Estado, las otras izquierdas decían que había que ir a la mili para aprender la lucha armada porque ésta era la solución contra el franquismo, y nosotros estábamos empezando a hablar de la no violencia.

Eran los años 70, y en esa época empezaba a cobrar fuerza la no violencia en otros países. Martin Luther King, la guerra de Vietnam, los hippies, la película Hair… ¿Ayudó este ambiente fuera de las fronteras a potenciar el concepto de la no violencia?

Sí, era la época en la que estaba la lucha de Luther King en Estados Unidos y también la época de la guerra de Vietnam, y todo el movimiento que nació contra ella. Se juntaron una serie de procesos y de situaciones que eran muy ricas.  Pero en España esto se vivió mucho menos, porque los grupos politizados no estaban por este tema. Estaban contra la guerra de Vietnam, contra el imperialismo, pero a favor de los ejércitos que se llamaban revolucionarios. Y ésa era la dificultad. Teníamos puntos en común y por eso podíamos trabajar juntos en algunas cosas, pero la mitificación del ejército rojo soviético era absoluta en el Partido Comunista, que era el que predominaba en la lucha antifascista.

Nosotros siempre íbamos con la denuncia de los gastos militares, de los abusos militares y de que había que negarse a hacer la mili. Íbamos contra corriente, pero también presentamos una forma de lucha que abría otro camino. No fue fácil, pero teníamos buena relación. La nuestra fue una lucha muy en solitario. También nos encontrábamos con objetores políticos en Francia que decían “yo en Francia no haré la mili porque éste es un ejército imperialista capitalista, pero en Cuba sí que la haría”, y nosotros teníamos claro que todos los ejércitos son una amenaza para la supervivencia de la humanidad y que ningún ejército defiende la justicia ni la paz.

En aquella época no era fácil explicar todo esto. Era una época muy dogmática, y nosotros intentábamos abrir otro camino. Lo teníamos muy claro. Yo en esa época viajaba mucho al extranjero. Aparte del Arca, fueron los objetores franceses que se habían jugado la vida para no luchar en la guerra de Argelia los que me abrieron más el camino. Ellos se negaron en Francia a ir a esa guerra y denunciaron la tortura. Todos fueron a la cárcel. Fueron gente muy radical y muy valiente, y son los que más me animaron a tomar la decisión.

Y entonces decidiste ser el primer objetor de conciencia por motivos políticos.

Claro. Yo pensé que nuestro fallo era que hasta entonces no habíamos podido defender a ningún objetor no violento porque los únicos que había en España eran los testigos de Jehová. Había 150 testigos de Jehová en la cárcel en esos momentos. Fuimos a hablar con ellos pero nos dijeron que no, que ellos esperaban a que Jehová viniera con el fin del mundo, que llamaban el Armagedón, y que entonces ya conseguirían la libertad. Nos dijimos: “Nosotros lo tenemos mal, pero éstos lo tienen mucho peor”. Teníamos que buscar una estrategia diferente y totalmente separada para que no nos confundieran.

Pensé que el problema es que faltaba un objetor de conciencia que pudiera responder a nuestras ideas de antimilitarismo y, después de pensarlo mucho, decidí hacer objeción de conciencia.

Había 150 testigos de Jehová en la cárcel en esos momentos. Fuimos a hablar con ellos pero nos dijeron que no, que ellos esperaban a que Jehová viniera con el fin del mundo

Durante dos años estuve preparando una campaña de apoyo, primero dando a conocer la objeción de conciencia, porque era un tema muy desconocido, y después animando a gente para que, cuando entrara en la cárcel, pudiera hacer difusión y campaña de apoyo para que esto no se quedara en el silenci